En camino.

Por Alberto Roman.

El buen Diego, se había preparado para la cita, había hecho su mejor esfuerzo después de la clase de pintura: había tallado con tal fuerza sus manos, codos y antebrazos que le habían quedado blancos como resultado de la intensa refriega.

Se puso de nuevo la camisa con la que había planeado llegar a la cafetería acordada,  se la quitó antes de trabajar para no macharla.
Y para no llegar con las manos vacías (como le dijo su abuelo), se puso a trabajar durante toda la semana, en un pequeño retrato en acuarela para “Liz”.
Le pintó los ojos grandes como sabía que ella los tenía, una boca delgada pero hermosa, una nariz tan perfecta que por un momento dudó que fuera natural. Un gran trabajo, le dijo su maestro unas horas antes. Un gran trabajo en verdad.
Diego era el mejor haciendo retratos, y tenía que serlo, estaba acostumbrado a siempre lograr lo que se proponía, y así había sido siempre.
Decidió quitarse las formalidades e ir en jeans, pero eso sí, serían los nuevos, los que según sus amigas le ajustaban mejor, “tanto detrás como por delante”. La camisa de franela a cuadros, como acostumbraba, la que casi no usaba y no porque no le gustara, todo lo contrario, le gustaba tanto que prefería usarla poco,  “para no gastarla”, decía. Unos tenis, cómodos pero muy limpios, a diferencia de las botas que utilizaba en el taller, éstos estaban impecables, aún después de tener las suelas ya muy gastadas. Por último, una gorra de camionero, como la que usaba su abuelo cuando conoció a su pareja; de hecho esta gorra era un regalo del abuelo. Todo listo para que Liz llegara.
Diego decidió ir a envolver y enmarcar el regalo antes de entregárselo, aunque  pensaba que eso  era chamba de ella, sin embargo, lo hizo, porque pensó que era lo más correcto para dejar una mejor impresión en ella.
No le importó tener que cruzar corriendo media ciudad, porque ya no llevaba más efectivo que lo justo para un capuccino y un latte; no le importó cruzar corriendo en sudadera la ciudad, ni las burlas del trabajador de la tienda de marcos, cuando le pidió que pusiera el marco más “ad hoc” para mujer y un moño rosa en la parte superior izquierda. No importó.
Después de enmarcado el cuadro, tenía el tiempo suficiente para regresar tranquilamente al lugar de la cita, pero no lo hizo así. De nuevo echó a correr y al llegar, notó que había llegado con tiempo de sobra. Decidió ir al baño del café a lavarse aunque fuera en el lavabo, después de todo, llevaba la ropa buena.
Terminó su rito, 10 minutos antes de la hora acordada, aún había luz en las calles y la gente empezaba a aumentar por los camiones a la salida de los trabajos. comenzaba la cuenta regresiva.
Se acercó al mostrador y pidió un capuccino, el latte era para ella.
Después pidió un frapuccino. Luego una cerveza. Luego tres más.
A las 11 pm, decidió irse y dejar abandonada su obra en una mesa de la cafetería, ya no le importaba. Ya no valía la pena.
Diego no se percató de que nunca le había hablado a aquella chica. Que ni siquiera sabía su nombre. Liz, como decidió llamarle, había sido por el recuerdo generado de su abuela, en lo largo y rojo de su cabello. Pero que en realidad solo la vio una vez a tres mesas de distancia, tomándose un latte en un café de Coyoacan.

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