Mariana y Gabriel.

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Por Israel Nicasio.

Cuando Mariana me dijo que la idea de vivir juntos le parecía estupenda, me sentí feliz. El problema no era, inicialmente, que Mariana pudiera estar a solas conmigo, sino que sus padres le dieran permiso de salirse de casa; siendo hija única, era complicado planear algo tan lanzado a la aventura. Compraríamos, en aquellos primeros meses, una mesa y una cama. Las cortinas, manteles y demás cosas para cubrir la desnudez de aquel lugar que sería nuestro, las compraríamos después. El  obstáculo mayor, al menos eso decía Mariana, era su padre; no la dejaría irse así, tan fácilmente. Pero ella lo resolvió todo con un par de gritos y unas cuantas lágrimas.

El tiempo y los recuerdos pasaron, se guardaron; algunos otros se perdieron. Mariana y yo nos separamos. La idea de vivir en independencia total, me había resultado tan atractiva que, para empezar, conseguí un departamento para mí. Sin Mariana. Solo para mí. La soledad no era, en esos momentos, algo de lo que uno pudiera arrepentirse; la compañía de mi propia persona me bastaba para ir y venir por el mundo a mi antojo. La cama y demás utensilios los compré con el tiempo, con el paso de compañías fugaces.

Mariana se casó. No fui invitado a la boda. De cualquier modo ella y yo no nos hubiéramos casado; hubiéramos vivido juntos, pero nunca en matrimonio. Eso era algo en lo que, al menos yo no creía, ni me confiaba. Mariana era tan libre de ir y venir en mi vida, que el hecho de su partida solo fue una muestra de aquella libertad. Yo era tan libre de ir y venir en su vida, que el hecho de mi olvido fue muestra de aquella libertad. Los dos éramos tan libres el uno para el otro y por ello nos olvidamos sin mucho dolor. Crecimos. Yo aprendí a vivir y a amar por lapsos cortos.

Cuando Gabriel me convenció de irnos a vivir juntos, aquella idea me pareció estupenda.  El problema no era, inicialmente, que Gabriel pudiera estar a solas conmigo, sino que su pasado le diera tregua; le permitiera olvidar y ser perdonado o perdonar. Compraríamos, en aquellos primeros meses, los aditamentos necesarios para el departamento. Un refrigerador y cortinas bonitas, muy discretas para cubrir la desnudez de aquel lugar nuestro. El obstáculo mayor, según decía Gabriel, era su única hija. No lo dejaría irse así, tan fácilmente. Ahí fue donde comprendí que ni Mariana ni Gabriel serían para mí. Mariana por ser caprichosa y Gabriel por soportar los berrinches de su hija.

Gabriel tardó muy poco en irse. Fue cuestión de un par de años para saber que ya no estaríamos juntos. Me dijo que sólo tenía que arreglar algunos asuntos familiares y que el proceso del divorcio le costaba mucho tiempo y dinero. La  verdad es que los dos tuvimos miedo, miedo el uno del otro, de los otros. La ventaja de mi edad, según decía él, es que uno tarda poco en aprender y mucho en tomar una decisión; la ventaja de su edad, según yo concluí, es que uno puede hacer uso del tiempo que sea necesario con tal de esconderse de la propia vida.

Él dejó de quererme en cuanto mi barba fue más abundante y mi cuerpo se hizo más grueso; cuando me di cuenta que había crecido, fue que entendí la razón de su partida. Ya no podíamos jugar de manera tan perversa, porque ya sentía que había más peso en mis brazos y él no soportaba la idea de tener que lidiar con mis pelos en el lavabo. Tanto a Gabriel como a Mariana les gustaba jugar a castigarnos (ellos no lo sabían que yo sabía de sus predilecciones secretas, pero entendí el juego a la perfección), tenía que empezar a gritar y a mirarlos con reprobación por haber hecho algo malo. Básicamente reducirlos a objetos. De ellos dos pude comprender el gusto por el maltrato físico en niveles moderados… la piel roja, los tirones de cabello, unos cuantos moretones o mordidas.

Con el tiempo he llegado a entender la belleza de uno y otro; después de algunos años he logrado asumir que no eran del todo la misma persona, aunque creo que los quise igual.

A Mariana la vi en muy pocas ocasiones; pasaron otros dos años hasta la última vez que nos encontramos. No tuvimos el valor de preguntarnos mutuamente por Gabriel, simplemente lo dejamos ir. Hasta donde supe, murió de cáncer. Según lo que alcancé a escuchar, se había ido a vivir hacía algunos meses atrás con su hijo… otro de tantos, que tenía como peculiar característica escasos 18 años y piel morena. Cuando la miré recordé el juego preferido de Gabriel, en el que yo mordía su mano y él me jalaba el cabello hasta que lograba que lo soltara. No me queda claro si Mariana se fue por mí o si Gabriel se fue por Mariana, porque todos tuvimos miedo.

2 Comments

  1. Siempre he sabido que la experiencia en carne propia es lo que nos lleva a decir y a actuar de cierta forma y a hacer ciertas cosas…
    WOOOOOW quiero leer mas por favor…

  2. Orale muy bonita la historia .desgaciadamente havesse la vida es erronea uno misno se complica la existencia cuando las vivencias nos dan mucho que aprender y pues .. siempre es mejor vivir y disfrutar cada minuto de nuestras vivencias alo maximo ..

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