Nunca hemos dejado de huir.

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Por Sergio Solís.

—Hay estupideces que las drogas nunca podrán atenuar —me dice para alejarnos de la multitud.

Entonces recorremos varias cuadras para evadir a las personas. Seguimos aletargados y tardamos en apartarnos. Cuando el ruido disminuye de forma considerable, nos topamos con un parque vacío levemente iluminado. Mientras nos internamos, bebemos de una pequeña botella azul que al pasar por debajo de las luces, desprende un destello amarillo que se refleja sucesivamente en el piso y en nuestra ropa. Dejamos de caminar cuando el destello desaparece bajo una farola de luz intermitente.

Y entonces ella decide contarme algo. Parece que es una historia personal porque se concentra en no conmoverse. Ha dejado de mirarme y voltea al lado contrario. Queda de perfil viendo a los árboles menos iluminados. Y entonces me habla de un cuadro que soñó.

—Había algo en esa pintura que sentía que me hablaba —comienza a relatar mientras a sorbos bebe de la botella azul—. No era un cuadro grande ni llamativo pero yo sabía que ese cuadro tenía algo que decirme que no lograba comprender porque en el sueño yo me veía a mí misma observar el cuadro por un largo rato sin decir ni una palabra. Nunca me había visto tan ensimismada.

El cuadro, como lo recuerda ella, mostraba un paisaje en tonos verdes y amarillos. Era un bosque atravesado por una mancha verde con leves brochazos de luz. Según los tonos amarillos que se sobreponían al verde de los árboles, el sol se encontraba del lado derecho. El contraste cromático hacían de este cuadro un simple paisaje. Ni bonito ni feo. Solo un bosque con una indescifrable mancha verde.

—Entonces, cuando volteo a ver el cuadro que yo misma estoy viendo, mi mirada se enfoca en esa mancha verde y digo unas palabras que no consigo recordar —me explica como queriendo finalizar. En esta parte interrumpe su relato, me pasa la botella, espera a que beba y la toma de nuevo. Está tan concentrada que no se percata de que nos la hemos terminado.

Cuando ella decide beber de nuevo, siente la levedad de la botella, la mueve un poco y la tira sin romperla. Entonces voltea a verme y con los ojos me dice que mire a la derecha. Observo a lo lejos a un policía. Parece querer alcanzarnos porque camina más rápido conforme se va acercando. Y entonces corremos. Pero lo cierto es que no solo estamos corriendo, sino que estamos huyendo. Y no huimos de un policía, huimos de todas esas cosas que no hemos podido traicionar.

Cuando terriblemente agitados nos detenemos, advertimos que nadie nos sigue. Ella se recarga en una pared mientras yo deambulo en pequeños círculos. Cuando la miro de nuevo, sus ojos tienen un fuego seco que jamás había visto. Y ahí me doy cuenta que esta chica ha huido toda su vida. Que huir es su forma de sobrevivir. Que la permanencia es una cárcel que ha evitado siempre.

Aún con la adrenalina en las venas, caminamos alejándonos. Pero en realidad yo sé que estamos huyendo porque no hay nada que me haga querer voltear atrás.

Fuente original: Letrasados Mentales. http://letrasadosmentales.wordpress.com/2013/02/27/nunca-hemos-dejado-de-huir/

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